DESARROLLO MÍNIMO

Deja de aplazar tu vida. Entendiendo la procrastinación y sus efectos

La procrastinación es lo contrario a la sabiduría popular condensada en “No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”. Procrastinar es dejar mañana u otro momento lo que tienes o te has propuesto hacer hoy. El grupo Soziedad Alkoholica lo expresaba en una canción: “vivo retrasándolo todo”. La canción en sí es un espejo que refleja la procrastinación, o lo que es lo mismo, la acción de aplazar continuamente una actividad en favor de pequeños placeres y acciones irrelevantes.

Estas pueden ir desde lo más banal, aunque importante, como leer un par de artículos para realizar un trabajo académico, a otros más decisivos, como no tomar alguna decisión muy relevante para tu vida como empezar a cuidarte o bien cambiar de trabajo. En general, quien tiende a procrastinar un aspecto de su vida (laboral o académico) acabará por procrastinar en los demás.

La procrastinación, como veremos, no es un tanto un problema de organización y de productividad como de gestión emocional.Las estrategias de productividad pueden ayudarnos, pero se ha de comprender su raíz y los mecanismos que la ponen en funcionamiento para poder controlarla de manera efectiva. Entender algo es comenzar a solucionarlo. A este post le seguirá otro en los próximos días respecto a seis herramientas y enfoques para ir controlando y doblegando la procrastinación.

Allí donde habita la procrastinación

Según algunos estudios, la procrastinación se puede localizar. Unos  investigadores alemanes han correlacionado la amígdala, región cerebral, con la procrastinación. La amígdala es la zona del cerebro más emocional e instintiva pues es la encargada de generar respuestas emocionales. A partir de sus experimentos observaron que los individuos que procrastinaban tenían un mayor volumen de la amígdala con respecto a otros sujetos y, por tanto, una menor capacidad de control.

Sin embargo, estos resultados preliminares no nos deberían llevar a pensar “ah, entonces sí es una cuestión anatómica, no tengo nada más que hacer”. El cerebro es mucho más plástico de lo que nuestras excusas se animan a reconocer. Un estudio de 2013(algo antiguo, eso también es cierto) explica como tras dos meses de práctica habitual de mindfulnes podrían modificar el tamaño de la amígdala. A medida que la amígdala encoge, la corteza prefrontal (conciencia, concentración y toma de decisiones) se engrosa.

Procrastinación y evolución: una mirada paleo

Si bien lo que hemos señalado es lo que ocurre a nivel orgánico en nuestro cerebro, poco puede decirnos para los no versados en neurología y menos aún ofrecernos una explicación satisfactoria sobre el motivo de la procrastinación y cómo se vincula en nuestro comportamiento ¿por qué tendemos a la procrastinación? ¿Solamente por el tamaño de la amígdala?.

Existe un aspecto clave para comprender la procrastinación y es mirando el pasado. Hemos evolucionado huyendo de peligros y acercándonos a beneficios.  El huir ante un potencial peligro es un mecanismo antiguo, una ventaja evolutiva en un contexto de constantes amenazas. Por ejemplo, emprender la huida cuando se está en el bosque y se detectar sombras y ruidos extraños de algún animal desconocido.

Del mismo modo, si huimos en dirección contraria a una amenaza solemos ir de manera apresurada a un posible beneficio. De este modo, y muy vinculado a lo anterior, se encuentra otro cierto consenso dentro de la neurobiología: nuestro cerebro tiende a la gratificación. Tendemos a buscar aquello que nos causa placer, a aquello que nos produce una segregación de dopamina.

Posmodernidad y procrastinación

Actualmente, el contexto ha cambiado significativamente, especialmente en los últimos siglos sin que estos mecanismos modifiquen sustancialmente su forma de actuación. Por ejemplo, esa tendencia desaforada a la búsqueda de placer puede estar conformando esa sociedad hedónica y consumista que algunos están señalando (ejemplo) lo que nos daña tanto a individuos como a sociedad.  Otro ejemplo y vinculado a la procrastinación:  la huida ante cosas que nos causan cierto malestar o que nos inducen una sensación de peligro nos conduce a evitar también aquello positivo que se esconde detrás de la incomodidad.

Nuestra sociedad actual se ha construido como un campo de cultivo para estas experiencias procrastinadoras.  

En primer lugar, porque las distracciones están constantemente a nuestra disposición y son de un acceso extremadamente sencillo. En este sentido, las nuevas tecnologías brindan acceso a espacios perfectos para la evasión (Tik Tok, You Tube, Instagram, etc).

En segundo lugar, los medios de comunicación (sea cuales quieran) no dejan de presentar casos de éxito, inteligencias y físicos normativos que en el mejor de los casos son difíciles de alcanzar y requieren mucho tiempo. En otros casos son incluso irreales y ni si quiera tienen porque ser deseables. Se han establecido normalidades poco asumibles que tienden a generar frustraciones y expectativas difíciles de alcanzar en poco tiempo. Muchos de nosotros hemos visto transformaciones físicas milagrosas en un espacio corto de tiempo o personas cuyas vidas son tremendamente productivas e interesante, pero no se nos muestran sus contextos ni su programa de renuncias y menos el trabajo que hay detrás. Esta cuestión de la expectativa la comprenderemos más adelante.

Sentimientos y heridas

El esquema evitación-gratificación que hemos esbozado anteriormente es útil como marco general. Entonces ¿huimos de las tareas o huimos de los sentimientos que surgen a través de ellas? Si en el pasado se huía de las amenazas físicas, ahora tendemos a huir de algunos de los monstruos contemporáneos como la ansiedad, el aburrimiento, la inseguridad, el resentimiento, la poca costumbre al esfuerzo o el sentimiento de tener una autoestima baja.  Fuschia Sirois, investigadora y docente en la Universidad de Sheffield, mantiene que la procastinación crónica es un círculo irracional basado en «la incapacidad para manejar estados de ánimo negativos en torno a una tarea«.

Lo que nos hace procrastinar es la dificultad que encontramos en la hora de manejar esos sentimientos. Son esos sentimientos los que ejecutan y ponen en marcha el esquema de evitación-gratificación que hemos esbozado antes.

Algunas de las causas que pueden encontrarse detrás la procrastinación son diversas. En ocasiones, perfiles de personas con tendencia al perfeccionismo y la autoexigencia exacerbada tienden a procrastinar porque es tanto lo que se requieren de ellos mismos que las tareas resultan inmensas e inasumibles. Sus expectativas respecto a la tarea es muy alta y casi imposible producir los resultados que esperan en el tiempo que ellos desearían. El miedo a fallar o a hacerlo de manera errónea se convierte en un pistoletazo de salida en la dirección contraria a la tarea que se tenga o se necesite hacer. Y ahí está el quiz. Se necesita fallar, esbozar y equivocarse para poder hacer algo de lo que estemos satisfechos o de tomar una decisión realmente relevante. Al huir, uno mismo se está quitará la posibilidad de equivocarse y construir y será eso, y no otra cosa, lo que impida que nos lleguemos a acercar a nuestras expectativas (siempre que estás sean asumibles, claro). 

No es solo aplazar: consecuencias de la procrastinación

Como venimos viendo, el procrastinar nos va conduciendo por diversos caminos además del sufrimiento emocional y la capacidad cada vez menor de soportar la frustración y el conflicto. Uno de estos caminos es muy peligroso y la denominola espiral de la inacción.  La inacción tiene un gran coste para nuestro desarrollo personal, como ahora veremos. Cada vez que vamos dejando para otro momento actividades, nuestra tolerancia a la dificultad, el aburrimiento, y otros sentimientos que tachamos como negativos es menor, por lo que cada vez más y más tareas (sean personales, académicas o laborales) son las que pasan a ser procrastinadas.  Dejamos, paulatinamente de ejercer control sobre nuestras vidas. Eso no solo implica un historial académico más o menos bajo, sino que nuestras capacidades también van descendiendo.  Dejamos de actuar, de formarnos, de someternos a ciertas tensiones que nos conducen a crecer y a superarnos. Nos vamos convirtiendo en personas a la deriva.

Y no hay que olvidar el desorden. En ocasiones, se entiende que la procrastinación es una consecuencia del desorden y es justo a la inversa, el desorden es una tendencia a la procrastinación. Se acumulan tareas diversas por evitarlas y porque nos producen en cierto momento una incomodidad. La montaña de tareas se va incrementando, hay decisiones que tomar, conversaciones que tener. La montaña es tal, tan informe, que parece toda una hazaña el acometer su ascenso por tanto se volverá a (oh, sorpresa) procrastinar hasta que un plazo sea inaplazable o hasta que una decisión haya sido tomada por otro y se tenga que asumir sus consecuencias.

Aún más, el dejar las cosas para otro momento y la inacción tiene otro gran coste: nos hace perder tiempo. Este es uno de los recursos más valiosos y no renovables que tenemos. Cada vez someto más a crítica eso de “perder tiempo”. Pues el tiempo no es un bien material, como pierdes el tiempo como podrías perder un botón, sino es más bien existencial y orgánico. No perdemos tiempo, sino que vamos perdiendo la vida. 

 

Conclusiones: entender para solucionar

Hay mucho material circulando por la red para aprender a lidiar con la procrastinación. Tanto es así que se han convertido irónicamente en un foco en si mismo de procrastinación.

El dejar las cosas para otro momento cuando es una decisión y se basa en un acto libremente elegido es una buena estrategia de organización. De hecho, incluso el querer aplazar algo puede ser un sano síntoma de cansancio y hay que escuchar nuestra mente.

Sin embargo, cuando la tendencia de dejar para otro momento es una constante y se empiezan a percibir los efectos de acumulación de tareas e inicio de malestar, hay que ponerle remedio y para ello hay que reflexionar y saber de dónde parte. Es necesario saber que la procrastinación se adhiere un esquema evolutivo de evitación-gratificación al igual que nuestra época es especialmente proclive a estos patrones, aunque es en la dimensión de gestión emocional donde más podemos encontrar su posible remedio.

Bajo el consenso que la procrastinación es una cuestión de gestión emocional, cada uno de nosotros tiene una serie de emociones vinculadas a ciertas tareas y actos que entendemos como negativas y como amenazas. Estar en contacto con ellas y saber de dónde proviene nuestro deseo irrefrenable de aplazar cosas es el principio para poder ponerle remedio. Entender el problema es parte de la solución.

¿cuáles son las tareas que más procrastinas? ¿qué es lo que sueles hacer cuando quieres evitar una tarea?

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3 comentarios en “Deja de aplazar tu vida. Entendiendo la procrastinación y sus efectos”

  1. Muy interesante, lo comparto por Twitter y me lo guardo. Pienso exactamente igual en todo lo que comentas. Verlo desde una perspectiva evolutiva le da más sentido a la procrastinación pero aún así hay que luchar contra ella, o al menos, como dices, entenderla.

  2. En algún momento había pensado que la procrastinación estaba relacionada con las emociones que me crean las tareas, pero tras leer tu artículo voy a prestar más atención cuando tenga sensaciones de dejar el trabajo para otro momento.

  3. Muy buen artículo. Como doctoranda en neurociencia valoro la visión fisiológica que mencionas. Otro ejemplo de plasticidad es el del famoso paper de los taxistas de londres (https://onlinelibrary.wiley.com/doi/abs/10.1002/hipo.20233) en el que se mostró que al necesitar una mayor memoria espacial tenían un mayor volumen de materia gris en la parte posterior del hipocampo que los controles. Así que no hay excusa, todo es cuestión de proponérselo y crear el hábito.
    En mi caso: lo que menos ganas tengo de hacer, es lo primero que me quito de encima. Así el resto del día lo disfruto más. Si no puedo en ese momento, me planifico para hacerlo en un día concreto y de ahí no pasa. Porque si te dices que luego lo haces… nunca lo haces.

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